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Hoy escribo recién llegado a casa después de permanecer en el hospital de día dos horas y media y traerme puesto un tercer producto que tardará un par de días en pasar. Empiezo a sentir los calambres en las terminaciones de los dedos al tocar cualquier objeto aunque esté a temperatura ambiente. Este efecto se manifiesta más rápidamente y con mayor intensidad  en cada sesión, tal y como me dijeron.

Pero esto, como el propio hospital, me resulta más familiar y por eso menos intranquilizador. Dicen que el ser humano tolera mal la incertidumbre y debe ser verdad porque estos síntomas, aunque desagradables, entran en el guión de lo previsible y tiendo a pensar que todo está ok. Los venenos actúan según la pauta establecida. Todo está en orden.

Hoy el hospital estaba muy vacío y no se prestaba a la observación o el comentario silencioso. Menos mal que la televisión en todos los canales retransmitía la sesión del Parlamento en la que un  Pedro Sanchez animoso  intentaba con un discurso que me ha parecido bien, atraer a unos adversarios políticos muy enrocados en sus posiciones.  A pesar de mi viejo compromiso socialista, este circo me cansa cada vez más y me despego aunque seguramente mañana conectaré para escuchar la sarta de invectivas que le caerán encima desde el PP y Podemos. Casi lo peor son los comentaristas que saben tan poco como los demás pero que tienen que estirar el tema tanto como dure la situación aunque no haya novedades. Luego critican la palabrería de los políticos.

Estando en esas y saturado de las declaraciones postdiscurso tan de argumentario ha llegado un hombre joven con el que he intentado entablar conversación, atraído porque su bote, pequeño, era de un color marrón terroso de los que impresionan. Hierro, está anémico y le están poniendo en vena unas dosis masivas durante un mes, así que como yo imaginaba en ese espacio se tratan enfermedades muy diferentes. En un minuto me ha comentado que no vota a ningún partido, que todos los políticos van a lo mismo y que no le interesa la vida social. A mayores, como diría un berciano, y sin venir a cuento me ha dicho que lleva diez años sin pareja y seis sin mantener relaciones sexuales. Entiendo que en esta situación no le interese ni la política ni otras muchas cosas. Cuando nos despedíamos, él continuaba allí, me he presentado y le he preguntado su nombre. Nos hemos dado la mano y en el gesto aprovechó para pedirme “una moneda para tomar un café”. No se si volveré a coincidir con él.

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