+4. (33,3%)

Estoy en mi cuarta sesión de quimioterapia, lo que supone un 33,3% del total. He estado esperando esta sesión, casi acariciándola mentalmente y conteniéndome  para verbalizarlo , porque siento que ya es “algo” respecto del total. Es una forma de dividir el tiempo, el esfuerzo, los malos momentos y las incertidumbres en fracciones que te permiten especular sobre lo recorrido y lo que está por venir. Es una medida de lo que has pasado y por ello una medida del tiempo restante. Como tantas veces, utilizo escalas alternativas para medir el tiempo de un modo más vivencial que por el simple recuento de los días y las semanas. Recuerdo cuando hice el servicio militar, que los soldados del escuadrón de caballería tenían también una manera peculiar de medir el tiempo. Los recién llegados eran denominados, hijos, por un periodo de tres meses; en el siguiente periodo ya eran padres, después abuelos y finalmente bisabuelos. Esta escala  era ,también, una jerarquía que dejaba claras las cosas y desde luego  al cabo de cuartel no se le ocurría escoger entre el grupo de limpieza de las mañanas a ningún “bisa”, que por su categoría estaba, de facto, exento de empuñar la escoba y la fregona. Pienso yo que, igualmente, cuando esté en mi octavo chute de quimio me consideraré un bisa y en fin, como con un cierto pedigrí por aquello de tener recorrido una buena parte del camino. Ya me veo, a mi mismo, repasando a mis colegas con esa mirada ausente de “no te veo” pero calculando si terminaré mi ciclo antes que ellos y en caso afirmativo, seguro que con un cierto sentimiento de superioridad.

Ayer en ese rato que dedico a contemplar el paisaje de mis convecinos reparé en que una paciente bajita apoyaba sus pies en una pequeña caja de cartón que le aportaba el suplemento necesario para alcanzar la barra de reposo de la camilla. Soluciones eficaces y sencillas  aunque no sean precisamente  alta tecnología; pero en los hospitales esta convivencia entre lo sofisticado y lo primitivo se produce muy naturalmente. Siempre me ha maravillado el uso múltiple del esparadrapo que se utiliza tanto para pegar una gasa a la piel como para fijar a las paredes anuncios y recordatorios de todas clases. Es  la versión hospitalaria de la cinta americana.

Un voluntario estaba poniendo las manos sobre, el pecho los costados y las manos de la mujer, con gestos pausados, manteniendo la postura durante varios segundo y ejerciendo lo que me pareció una ligera presión física. Pregunte y “es Reiqui” me dijeron, una técnica oriental que al parecer viene muy bien. Si quiero puedo solicitar esos servicios, pero no lo haré porque soy incapaz de atribuir algún beneficio a una técnica que me llega como de otro planeta y de la que no se decir ni su nombre. Pero me parece bien porque el cáncer y la inseparable quimioterapia consumen tanta energía y producen tantas molestias físicas que bienvenido sea cualquier método de proporcionarte un poco de alivio.

Recuerdo que cuando mi hermano Pablo se estaba muriendo, de un cáncer de pulmón asesino con infinitas metástasis en los huesos, la quimio le producía llagas en la boca y no podía comer y usaba un flotador para  aliviar el dolor de sentarse sobre las que tenía en el culo. En aquella situación su único placer del día era un masaje que le daba en los pies hinchados y que me agradecía con una mirada cariñosa y un ligero ademán apremiante para que no me detuviese.  Todo lo demás que parecía necesario pero  que en realidad era perfectamente inútil se realizaba con una precisión y pulcritud absoluta, como para negar que se estaba muriendo. Hasta el último día, cuando respiraba ayudado por una vía de oxigeno las enfermeras le traían diligentemente batidos de proteínas que entre todos le apremiábamos a tomar “como si le fuera la vida en ello.” No se como podemos llegar a ser tan absurdos.

No estoy en ese grupo, muy afortunadamente, pero me siento solidario con ellos y percibo además la crueldad de algunos tratamientos feroces cuyos efectos secundarios están perfectamente establecidos pero cuya eficacia es bastante dudosa. Mi hermano no tenía solución, con o sin quimio, las estadísticas absolutamente fiables le daban seis meses y así fue. Pero el sistema actúa porque todos, los médicos y los familiares sentimos la necesidad de hacer algo aun sabiendo de su absoluta inutilidad. Y recuerdo aquí  a una entrañable amiga  que murió de cáncer de páncreas y que se negó en un rasgo de lucidez y entereza, que me dejo asombrado, a recibir un tratamiento tan agresivo como inútil. Me llamó y me dijo: a ver si nos vemos, pero tiene que ser pronto que no tengo mucho tiempo.

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