+5. La cuesta se empina.

Estoy comenzando ese tramo del camino en el que la subida se hace más dura y todavía no se vislumbra el final. Aunque se que no me conviene, se me va la cabeza  a la suma y a la resta de lo que llevo y lo que falta y me doy cuenta que, de vez en cuando, se me escapa algún comentario sobre la pereza que me da enfrentarme a los mismos síntomas y malestares que anticipo y reconozco pero que me afectan cada vez más. Para la contabilidad, tomo algunas píldoras del mantra  del “Cholo Simeone”, que  a modo de coaching en diferido me transmite eso de que se avanza “partido a partido”.  Haciendo cuatro series de 12 repeticiones se consigue un efecto anestesiante suficiente, siempre y cuando, claro está, que uno deje la mente en blanco y no se cuestione ningún aspecto del tratamiento. En eso el prospecto es tajante.

Respecto a los comentarios, tengo que decir que, cuando se producen, brotan con una franqueza  que, incluso, me sobresalta un poco por inadecuados y fuera de lugar.Por supuesto, me reconvengo inmediatamente. Debilidades las justas; esa cultura del esfuerzo que tanto denostamos pero a la que siempre acudimos, se presenta puntualmente como una policía puritana que me hace notar que  la quimio es inevitable y necesaria y por tanto la queja está fuera de lugar. Pero lo más curioso es que si no lo hago yo, porque me abandono y me dejo llevar consiguiendo que mi policía descarrile en algún paso a nivel de la consciencia, entonces, el otro, el que me escucha, que además, me quiere bien, utiliza rápidamente su propia policía para reconvenirme. Puedo dar detalles, pero no hace falta. Creo que todo el mundo, en circunstancias en las que se exige un esfuerzo prolongado y esboza un “no puedo más”, o un “estoy cansado”, se encuentra que el otro actúa para contener ese síntoma de debilidad antes de que se exprese demasiado claramente. Es como si tu policía, que no aparece,  fuera capaz, sin embargo de mandar un SOS a la de tu interlocutor  indicando que tiene que actuar.

Ni que decir tiene  que ese mecanismo funciona también conmigo y yo también puedo actuar así, de censor.

Hoy han venido en mi ayuda dos colegas de la quimio, con los que he podido hablar. Dos hombres de edad incierta; viejos como yo, quiero decir, pero con los rasgos y gestos corporales más alterados ; son agresivos estos tratamientos que, enseguida, te hacen parecer una copia desvaída de ti mismo. Uno con cáncer  no operable de colon, que lleva cuatro años con sesiones quincenales de quimio, para mantenerlo a raya. Cazador, huertano y hacedor de vino ecológico, allí estaba animoso  y parlanchín para mi admiración y mi pequeña vergüenza. El otro con un cáncer de páncreas, también mantenido a raya mediante tratamientos que cambian periódicamente. Cuando se acaben los cocteles diferentes, se acabará todo, me ha dicho. Y cuantos cocteles quedan, le he preguntado. Eso no te lo dicen…

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