+8.

Sé que cuando empecé este proceso esperaba más del número 8; una suerte de visión de la tierra prometida. Ahora, con ocho sesiones a la espalda, lo que queda se hace más duro. Pasa como en la montaña, que, en las subidas difíciles, se tarda tanto en recorrer los últimos quinientos o seiscientos metros hasta el pico, como el tiempo invertido en los dos kilómetros anteriores. La pendiente se acentúa y la dificultad de cada paso en el pedregal se multiplica por tres.

El recorrido de la quimio implica también un derroche de resistencia física y sicológica. Por el esfuerzo real y porque nuestra cabeza rechaza la continuación insinuando que ya es bastante. Como en la montaña, cuando ya estás desgastado y miras continuamente hacia la cima especulando con el valor de recorrer el trecho que queda.

En esta escalada tan especial, el cansancio juega malas pasadas; una frecuente es que comiences a tener síntomas antes de que comience la inyección de los productos químicos. Me ha pasado ya en dos ocasiones, que la náusea y el sabor metálico se presentaron  anticipadamente, hasta el punto de obligarme a tomar conciencia de ello y razonar: ¡qué tontería!; te estás poniendo un poco neurótico. Pero ayer lo comenté con la enfermera, quién, entre risas, me confesó que es muy frecuente. El proceso de reacción hasta tiene un nombre: Síndrome de anticipación. Algunos, incluso, vomitan; y es que llega un momento que estás harto. En fin.

Ayer también, el universo de pacientes unidos a sus arboles metálicos, adornados con bombas peristálticas,  bolsas y tubos, era mayoritariamente femenino. Y abundaban los gorritos de lana o tela de formas variadas y graciosas con que disimulan esa calvicie tan dura de llevar. Y me enterneció, suave y solidariamente, su coquetería mínima y natural sabiendo que, además, alguna de ellas podría llevar también oculta la cicatriz de una mutilación.

Yo mi cicatriz, especialmente fea, la llevo mal; a veces, después de la ducha,  la inspecciono para saber si el organismo y el tiempo suavizan el perfil duro y el color violáceo que definen trazos que antes no estaban allí. Pero, NO, sigue igual. Por eso,casi siempre, paso de largo y la ignoro cubriéndome  con la diligencia del que sabe que no se trata de un atributo como para recrearse. Miro entonces el conjunto para verificar que no está. Pero, otra vez, no; la puñetera, incluso debajo del algodón, resalta lo suficiente como para que esa última ojeada que buscaba una  tranquilizadora conformidad se transforme, no sin cierto sobresalto, en una manifestación resignada de impotencia.

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  1. Realidades que siguen estando ahí, aunque cierres los ojos

    Hay palabras que no queremos oír, cosas que pareciese que si no se nombran es como si no existiesen, pero por mucho que no las pronuncies, la realidad sigue estando ahí, enfrente de tus ojos, aunque los cierres.

    Si una persona que quieres un día te dice que tiene cáncer, por mucho que eso estuviese entre las posibilidades, por mucho que te rondase la cabeza, el caso es que llega un diagnóstico y una palabra. Yo ya sé que hay canceres, que son de muchos tipos y que el momento en el que se coja es vital, ya sé que muchos, muchísimos se curan, pero en ese momento, ¿qué se puede decir? No hay palabras que sirvan para nada, así que yo suelo escuchar. Escucho porque no sé qué decir, escucho porque creo que nada de lo que pueda decir servirá, escucho porque me siento torpe. Y calibro mucho porque al igual que hay canceres, hay personas ¿cómo saber que lo que digas o hagas no será peor? ¿cómo saber lo que esa persona concreta necesita? ¿cómo saber si dices algo que fastidia justo en el peor momento?. No lo sé, sólo confío en estar atenta, sólo confío en darme cuenta.

    No puedo ni imaginar lo que supone estar en ese trance, no lo he vivido en primera persona. No puedo saber del miedo, de la esperanza, de la lucha y del espíritu de superación que hay que tener para levantarse todos los días y aguantar tratamientos tan agresivos y dilatados en el tiempo. No lo he vivido en mi, pero si con personas muy cercanas y en esos casos acompaño como sea posible. Como en una especie de baile en el que uno trata de seguir el paso que el otro marca y, al igual que en el baile, me dejo llevar por el ritmo y por el acompañante, al fin y al cabo no soy la protagonista de esa historia y el dolor es difícil de socializar. No vale de nada insistir, sólo estar ahí, para lo que haga falta, que nunca sé lo que es, pero confío en mi intuición y en que el otro encuentre la manera de expresarlo.

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