Adios CIUDEN

He actualizado en LinkedIn y Facebook la información relativa a mi vinculación con CIUDEN, para reflejar que terminó “de facto” a mediados de diciembre de 2019, después de una conversación con la recientemente nombrada Directora General del Instituto para la Transición. Quedó claro, en aquel momento, que el Ministerio no contaba conmigo ni con el resto del equipo que estábamos en el Comité Asesor. Desde entonces, no he vuelto por la Comarca ni a saber nada de la organización.

Hace tiempo que tenía intención de hacer pública  esta situación, para evitar malentendidos; pero alguna pulsión interior me detenía. Hay vínculos difíciles de romper y he necesitado de  una noticia aparecida estos días en un medio local del Bierzo  para encontrar el impulso para manifestarlo.

Solo mi deseo de volver puede explicar que en diciembre de 2018 aceptara integrarme de nuevo en el proyecto cuando finalmente se dibujó un  esquema de organización tan complicado: Un director general postulado por el PSOE (León y Bierzo), aceptado en Madrid por razones de conciliación y yo al frente de un órgano asesor que garantizara la conexión con la Administración. Un formato teóricamente posible pero difícil de manejar, sobre todo, en ausencia de la empatía y la confianza necesaria. Porque ni los responsables del PSOE ni el director general tenían ningún interés  en ser asesorados; los primeros porque  pensarían (como es habitual), que lo importante era tener el “control” con una persona de confianza. Relanzar el proyecto supongo yo que lo considerarían algo fácil. Y sobre todo habría fondos para la transición, y oportunidades y un  futuro amable.

Sobre el director general, todavía hoy no soy capaz de aventurar que pudo llevarle a una institución como CIUDEN. Nunca creí que alguien tan ajeno pudiera armar un nuevo proyecto para una organización por lo demás tan embarrancada durante años en el limbo asfixiante en el que la dejó el PP. Pero claro, si yo me equivoqué participando en el proyecto no voy a censurar a nadie por hacer lo mismo.

 Y sobre mí; tampoco fui consciente de que era un elemento discordante y que las instancias políticas de mi partido no me querían. Me lo fueron diciendo, de forma más o menos sutil, en todas las ocasiones que pudieron aunque no tuvieran la fuerza necesaria para apartarme. Sobraba tanto, que hasta mi capacidad de gestión era contemplada con recelo, como pude comprobar en varias ocasiones.

En fin, me equivoqué y no quiero que ese error personal se convierta en resentimiento o cinismo. Prefiero aprovechar esta esquela para, muy amorosamente, dar las gracias a antiguos  colaboradores a los que no nombro por sus nombres pero que tengo siempre presentes. A los que embarqué de nuevo y que respondieron creyendo que otra vez conseguiríamos lo imposible. Tanto ellos como yo, estábamos tirando de algo que solo existía en nuestro imaginario compartido. CIUDEN podía volver a ser una locomotora del desarrollo del Bierzo sobre la base de un proyecto tecnológico y cultural avanzado.

Y se lo creyeron tanto que hicieron bastantes centenares de kilómetros por las provincias de León y Palencia. Creando contactos, tejiendo iniciativas, localizando inversores y generando en definitiva el tejido social  necesario para abordar el proceso de desarrollo territorial. Y ese intenso esfuerzo realizado en cuatro o cinco meses cristalizó de tal manera que éramos conscientes de que CIUDEN podía volver a ser un instrumento de utilidad que aportara valor al futuro de las comarcas mineras de Castilla y León

No quiero despedirme sin decir que me duele la desaparición de un proyecto que una vez tuvo la capacidad de concitar una gran ilusión colectiva y que hoy es una organización perdida en la grisura de las instituciones que administran el Bierzo sin alma y sin nada que ofrecer.

Lo siento por la comarca y por algunas personas que todavía trabajan allí, pero creo que CIUDEN tiene pocas oportunidades. Se nota que es un instrumento de otra época y otra visión del desarrollo territorial.  Se “huele” en el Decreto que recoge la nueva estructura del Ministerio para la Transición Ecológica, en el que CIUDEN se adscribe  a un “tuneado” Instituto del Carbón que bastante hará con poner el pie en el suelo.

CIUDEN ha perdido cualquier vestigio del carácter extraordinario que le atribuyó el gobierno del Presidente Zapatero y la adscripción que se ha producido, en la que pierde rango administrativo y visibilidad responde a la necesidad de buscarle una ubicación donde no moleste demasiado, pero sin que se le confíe ningún papel importante.

Me parece también, que aunque se haya firmado con los sindicatos acuerdos de relanzamiento tecnológico de CIUDEN, en algunas instancias ministeriales  existe un cierto recelo hacia la fundación. Parece que compite con el instrumento de moda: los Convenios de Transición Justa, argumento esencial de este proceso que, hasta la fecha, resulta ser tan atractivo en el relato como etéreo en su materialización. ¿Se firmará alguna vez alguno?

Tampoco es que la fundación haya dado grandes señales de vida. Acostumbrada al ensimismamiento, desde su reactivación institucional en diciembre de 2018, CIUDEN no ha realizado ninguna actividad significativa, más allá de la construcción de 50 plazas de aparcamiento. Escaso bagaje; porque aunque los tiempos han sido difíciles podría haber utilizado este periodo para poner en valor sus potenciales aportaciones y hacerse útil a un ministerio escéptico y carente de una estrategia de desarrollo tecnológico. Una función que hubiera debido desempeñar una  Dirección General que ha permanecido tan ensimismada y ausente como el resto de la organización y de la comarca.

En fin, CIUDEN, adiós. Me temo que nunca te olvidaré.

2 Comments on Adios CIUDEN

  1. No es la primera vez, aunque no sea habitual, que alguien con responsabilidad se despida con un “mapa” personal tan sincero, reformulado de su propio proyecto. Los “mapas” que he conocido en situaciones similares suelen ser, como vemos frecuentemente, un inventario de logros personales y de justificaciones sobre lo no alcanzado. Nada de esto sucede en esta emotiva despedida. El que se retira, retirado de antemano, por lo que se ve, por los unos y por los otros, se sitúa en un punto de sinceridad que reclama entender el trasfondo de lo sucedido y las motivaciones de una forma determinada y original de actuar; aunque también de los valores y ética personales y de las propias líneas rojas que uno mismo se impone en la vida profesional.
    El papel del asesor que se despide me recuerda mucho a uno de los antropólogos más honrados y originales que estudié en su momento, que también se bajó de carro y renunció a seguir estando en una prestigiosa estructura en la que, en el momento culmen de su vida profesional, no se reconoció a sí mismo. Me refiero a mi respetado Michel Leiris, quien sufrió una transformación personal causada por la toma de conciencia de cuál era su papel en los trabajos que se llevaron a cabo para la creación del famoso Museo del Hombre de París. En el caso de esta despedida, también el protagonista se encuentra con un desenlace de su proyecto no previsto por él. Por la evolución particular de él mismo y por la desviación de lo que inicialmente pretendía cuando aterrizó en el lugar en el que habían encargado llevarlo a cabo.
    Michel Leiris comenzó su labor como miembro y secretario-archivista de la misión Dakar-Yibuti, (1931-1933). Es la misión que marca el nacimiento de la etnología francesa. Tenía que identificar en sus fichas los más de 3000 objetos etnográficos que iban recogiendo como podían. Por el sentido de la colecta de objetos culturales valiosos y por las formas de hacer el acopio, Leiris va tomando progresivamente conciencia de qué está haciendo, en realidad, en nombre de Occidente y en concreto de las instituciones culturales francesas, como un eslabón de una cadena que no le pide lo mejor de él. En un determinado momento se pregunta qué hace él ahí. Su parte más idealista se va perdiendo en el camino, mientras que la misión a la que pertenecía iba medio comprando piezas para el museo o llevándoselas directamente, dejando falsificaciones que el equipo mismo realizaba en cada lugar para consolar a los nativos. El viaje le sirve como proceso de autoconocimiento y le proporciona una visión de sí mismo y del sentido último de la misión. Se frustra y desconfía de lo que ve, de lo que tiene ante sí. Cuando esto sucede, se agarra a la escritura para intentar descubrirse, retornando, poco a poco, a un lugar más pleno del que salió. Acabó siendo un gran poeta y pensador reconocido universalmente, pero excluido del mundo de los etnólogos por su sinceridad y escepticismo
    La genialidad de Michel Leiris la encontramos en su capacidad para arriesgar su personalidad más íntima y su imagen profesional en su opción literaria y poética al margen de un sistema, el museístico que, paradójicamente, reivindicaba las culturas locales en la medida en la que las iba expoliando, mientras lo hacía en nombre de una ideología que pretendía otorgarles valor. Marcel Griaule, su director, lo contrató para escribir un diario documental y museográfico distante y técnico acerca de una expedición. Él hizo progresar el texto desde la descripción del acontecer burocrático de la misión hacia una escritura sincera, en la que se dejan ver sus deseos íntimos, sus proyectos, sus recuerdos, sus sueños -se refiere a ellos en más de veinte ocasiones-, sus añoranzas. Reflexiona sobre el humor, el vacío, la falacia. El diario redactado por Leiris se edita de manera discreta y sale a la venta en abril de 1934. Está dedicado a Griaule, el promotor de la expedición, al que disgustó por considerarlo una provocación. Mauss, el gran padre de la etnología francesa, tampoco aceptó que Leiris hubiera sacado al público interioridades de esta expedición colonialista, convirtiéndola, a la postre, en una especie de autobiografía surrealista. Aunque tuvo algunas críticas positivas “L’Afrique fantôme”, que es su título, apenas se vendió y las gestiones para intentar que el Ministerio de Educación Nacional lo comprase para las bibliotecas tuvieron por parte de la Administración, como contestación, una nota en la que se consideraba lo siguiente: “Obra cuya apariencia inteligente no se debe más que a una muy grande bajeza de sentimientos”, y todo por haber sido sincero. El sistema no quería ni oír hablar de sus propios supuestos, de su visión del expolio. Leiris deja como legado a los antropólogos una vía: convertir la escritura referida, su experiencia con el Otro, en un proceso de autoconocimiento, aunque fuera a costa de tener que abandonar su campo como etnólogo.
    Te escribo estas palabras en tu blog porque intuyo tu sentimiento oculto. Por cierto, me ha tocado personalmente lo que dices porque yo mismo también me identifico con este etnólogo y con tu carta de despedida, ya que también me sentí dignamente defraudado, cuando dejé mi trabajo en la universidad española tras décadas de dedicación. Eso sí, fui nombrado seguidamente profesor honorífico de la misma. Sentí un impulso parecido al tuyo, creo. Tenía toda la ilusión de devolver a mi universidad, a cambio de ninguna remuneración, lo mucho que me había dado en la vida. En mi caso tampoco la institución, los míos, fueron capaces de valorar ni recibir lo que ofrecía, lo mejor de mí. Se me propuso, no tanto dar un ciclo de mis conferencias más queridas, las mejor recibidas por mis alumnos durante años, sino desviarme a enseñar cómo se cita la bibliografía en las tesis a alumnos de doctorado. Esto sí que era surrealista para mí y para los alumnos que hubieran asistido a ese ciclo de conferencias. Una propuesta inapropiada y vulgar desde mi punto de vista que me hizo cobijarme en mi propia huida hacia la fotografía y la escritura sobre temas de etnoficción, asuntos hacia los que me he ido dirigiendo. Al final, como no hay mal que por bien no venga, otros, con otras mentalidades bien diferentes, valoraron lo que era capaz de ofrecer y he acabado aportando lo que creo que soy capaz de dar en la Universidad de Stanford.
    Disculpa, J.A., la extensión de este comentario y que hable de mí, pero creo que tu decisión no la has tomado tú solo, lo ha hecho el sistema, del cual nunca has sido ni serás un comparsa. La pena en estos casos es que los que comandan los proyectos, las expediciones, la enseñanza universitaria, etc., lo hacen legitimándose con un discurso fofo y pretendidamente ilusionante, cuando la propia desidia del sistema y de cada una de las posiciones desde donde se toman las decisiones, así como el poco amor de las personas a lo que hacen, los hace perderse en las rutinas de siempre.
    Qué pena. ¡Cómo necesitaría la sociedad española saber más de energía y cambio climático en estos momentos de confusión y de intoxicación informativa! ¡Qué oportunidad y qué manera de abortarla!
    Alguna vez aprenderemos a dejar de reproducir soterradamente la ausencia de creatividad y el miedo a transformar el mundo con las herramientas que, se quiera o no, entre todos hemos puesto en las manos de quienes deciden.

    • jose.azuara@gmail.com | 4 junio, 2020 en 9:24 am | Responder

      Hola Antonio. Como siempre, el valor de tu reflexiones hace que mi propuesta adquiera una mucho mayor categoría. La enriquece y la complementa. La perspectiva de que no es algo personal, que el sistema se comporta siempre así, estaba fuera de mi alcance; y al leerte a ti, como en tantas ocasiones, me ha parecido evidente.La gracia y la elegancia de esta historia de otros, tú y Michel Leiris, (perdona, un desconocido para mí), es que pone de relieve que es la historia de muchos. Me consuela saberlo. Conforta que existan personas que no puedan negociar con sus principios. Ayuda a entender que ser coherente no es un esoterismo fuera de lugar. Un abrazo muy fuerte.

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