Historia. Capítulo V. Elecciones municipales

En mayo de 2007 se celebrarían elecciones municipales y autonómicas y durante los meses precedentes tuve que adaptar mis actividades y mi actitud a la circunstancia electoral. Ciuden era un activo del PSOE, con el serio handicap de que su existencia, detalles aparte, era virtual. Por las circunstancias, era necesario construir a toda prisa una suerte de realidad que sirviese para colocar a la fundación por encima de las invectivas de nuestros adversarios políticos. Y no era fácil; Ciuden era administrativamente un acuerdo de consejo de ministros y políticamente un deseo. No había obras que visitar, ni eventos que protagonizar, ni cintas que cortar. Así que, con de las angustias de los responsables políticos locales en nuestra espalda nos pusimos a la obra de vender el futuro, con la única estrategia que fuimos capaces de imaginar. Desarrollamos una dinámica de firma de acuerdos institucionales con lo entes locales, mediante los cuales se asumían compromisos para realizar proyectos que casi podían tocarse, aunque su ejecución tardaría en desarrollarse. Como ayuntamientos había bastantes, también fueron numerosas las escenificaciones y con ello se consiguió transmitir una sensación de movimiento acorde con las necesidades electorales. Algo equivalente, supongo, a lo que se ve en algunas promociones inmobiliarias que, con planos, carpas y maquetas, describen sus características y virtudes con tanta fuerza que el comprador acaba por creer que lo allí dibujado, es la realidad.

No hubo grandes reflexiones, ni estrategias de posicionamiento territorial; entramos en la arena de política, sobre todo, para frenar a nuestros descalificadores, y  con mucha inconsistencia, para apoyar el programa del PSOE que descansaba casi exclusivamente en esta iniciativa. Pero el tiempo se prestaba a la noticia y Ciuden era un nuevo agente que traía también un nuevo discurso y una nueva forma de hacer las cosas; atractivos suficientes, en aquel momento, como para que los medios siguieran todo aquello con intensidad y fuimos capaces de trasladar a la sociedad berciana que, efectivamente, Ciuden existía; o seguramente, que existía una fuerte voluntad política de que Ciuden existiera. Y, con la perspectiva que proporciona el tiempo, creo que esta estrategia fue más efectiva que la de reiterar las características del proyecto global una y otra vez, teniendo en cuenta la voracidad de los medios por información nueva y lo rápido que se dilapida, informativamente hablando, una inversión de pongamos 400 millones de euros.

Recordando ahora aquella etapa inicial que tanto determinó la orientación futura de Ciuden diré que fuimos eficientes, y además,  en lo que podría considerarse el primer atisbo de lucidez personal firmamos un acuerdo con el Consejo Comarcal. Fue el primero y un paraguas que permitía firmar convenios con cualquier ayuntamiento de cualquier color político. Eficientes, porque conseguimos materializar la existencia de la organización, con compromisos a plazo que rendían sin embargo un beneficio inmediato. Es verdad que, utilizando un símil económico, era dudoso que los inversores hubieran comprado esta emisión si hubiera tenido coste; pero al fin de al cabo se trataba de una emisión gratuita y de alguna manera los compradores ya habían tomado sus posiciones. Tampoco esas elecciones locales serían un gran triunfo para el PSOE y el resultado no afectó en nada al esquema de equilibrios existente.

Haciendo balance de ese periodo, que tuvo características fundacionales, más allá de lo que dijeran los estatutos, si creo que Ciuden aumentó su crédito como institución en el transcurso del proceso. Por encima del ruido de los actos y manifestaciones políticas y las descalificaciones realizamos una intensa presentación con un discurso y unos objetivos innovadores. Eran síntomas de un nuevo modo de hacer, en el que había elementos de respeto institucional y cercanía que los ayuntamientos reconocieron inmediatamente. Podría decirse que en aquella época comenzó a tejerse la relación entre el territorio y Ciuden; los entes locales reconocieron instintivamente el valor de la nueva organización y  la fundación decidió que el territorio era la parte esencial de su acción. Todavía no soy capaz de decir si esta elección fue un acierto o un error. Se que volvería a repetirla y que al hacerlo volvería a reproducir el germen de su destrucción.

Porque, a cambio del crédito, indiscutiblemente, se pagó un peaje; la fundación no sería ya nunca más solo una institución tecnológica, ni yo un gestor responsable del desarrollo técnico de los proyectos. La irrupción en el territorio fue tan fuerte y tan marcada por la circunstancia electoral que todo en su futuro tendría un fuerte color político. La proyección pública de Ciuden se vio siempre condicionada por esta vinculación porque, una vez marcada su clave principal (política y personalista, la fundación de Zapatero para sus amigo socialistas) ningún logro habría de ser suficiente para demostrar su solvencia. Sin embargo, los fracasos, los errores, que los hubo, serían siempre exponentes de su origen singular y torticero. Éxitos y fracasos serían valorados con ese baremo tan frágil y cambiante que se utiliza en política. Un proyecto de largo plazo vendría a ser valorado con las urgencias casi diarias, las paradojas y las contradicciones de la acción política. Complicado.

 

1 Comment on Historia. Capítulo V. Elecciones municipales

  1. Reconocimientos instintivos”
    “Complicado”, si. Me parece muy razonable que se considere “complicada” la inserción de una nueva institución (Ciuden) en el marco de las redes establecidas y consolidadas entre actores locales en un territorio. Abrir un nuevo espacio, alterar el statu quo. Pero quizás, la “complicación” no es óbice para intentar aportar alguna sugerencia sobre cómo se podría pasar de la etnografía de los hechos, aquí mostrada, a la identificación de estructuras más profundas, que suelen ser las que enredan a los individuos en los comportamientos complicados.
    Lo que me ha recordado este capítulo es algo que no es novedoso, y me refiero a que la manera en que se relacionan quienes tienen influencia en un territorio, que siempre obedece a reglas que no se explican sólo por la afiliación ideológica, por las militancias políticas o por las sindicales. La toma de posición de los individuos responde simultáneamente a identidades inéditas y a formas de dependencia, generalmente informales y de difícil localización. Con frecuencia los individuos han sido educados desde la infancia a obedecer a camarillas con intereses concretos y cuya forma de actuar socialmente no puede ser comprendida por parte de quien llega a una región, como le sucedió al que aquí escribe, que además no es oriundo del lugar y tampoco había sido invitado; y para colmo llega en circunstancias electorales.
    Seguramente los comportamientos de los actores descritos estaban sometidos a lealtades contradictorias entre sí: por una parte por adscripciones ideológicas de herencia o de elección, en manos de instituciones formales y modernas (surgidas durante el periodo democrático); pero por otra, por lealtades consensuadas ancestralmente de manera informal, con anclaje en pactos realizados en el pasado y, por tanto, generadoras de otras formas de agrupamiento no necesariamente ideológicas, sino derivadas de intereses diversos o de la capacidad benefactora y protectora por parte de cada grupo.
    Existe una multiplicidad de papeles que adopta cada individuo a lo largo del desarrollo de una controversia. Estos actúan encarnando unos roles u otros en función de lógicas distintas en cada momento del hecho tratado. Lo que no se entiende fácilmente es que no suelan ser fieles a un rol único a lo largo de toda la secuencia de momentos que dura el litigio. Esta actitud que rige las transacciones que se llevan a cabo en el tiempo no es alternativa a las adscripciones políticas, sino que se superpone a ellas: las relaciones de sangre, las redes de amigos y clientes, el patronazgo socio-empresarial, he hecho de compartir por azar otros intereses, aunque no estén afiliados al mismo partido etc., son estratos en los que cada “actor” social sigue un guion en función de motivaciones poco explícitas y poco coherentes desde un punto de vista externo. Los individuos querrían ser fieles a todas las lógicas a las que recurren para participar en una controversia, aunque muchas veces lo hacen de forma instrumental, a pesar de que éstas puedan ser contradictorias entre sí. Sin embargo, con frecuencia, sus respuestas entran en conflicto y esto es lo que no se entiende desde el punto de vista de un recién llegado; quizás a eso se refiere lo que dice el autor al acabar este capítulo: que es “complicado”. A mi modo de ver, en las sociedades en las que prima el individualismo cada cual está más liberado a la hora de responder a las fidelidades citadas, que pesan sobre la identidad de los actores y que con frecuencia los conducen a conflictos irresolubles. Sin embargo, en las sociedades del sur de Europa, de carácter más familista y comunal, el individuo, como tal, tiene menos opciones propias a la hora de decidir sus estrategias de participación social.
    En esta situación no podemos comprender muchos de los comportamientos, porque los individuos actúan respetando lealtades que vienen definidas de forma inmemorial y que, por tanto, no son fácilmente visibles fuera de su dimensión histórica. Para entenderlas en su totalidad deben ser observadas en su trayectoria temporal.
    Seguramente, quien relata este capítulo desde dentro de la sociedad berciana, en primer lugar se debió encontrar con ancestrales y resistentes dinámicas de organización y de poder, y en segundo, ocupaba una posición desde la que carecía tanto de las claves para operar libremente como de la legitimidad para hacerlo, desde el punto de vista de los viejos modos de hacer fosilizados durante décadas. Quizás sea ahora, con la distancia, cuando pueda organizar e interpretar aquellos comportamientos con una lógica diferente y ajena a la de la posición que ocupaba entonces.
    Cuando somos actores locales, en nuestro mundo, siempre hay móviles no explicitados, más bien heredados o impuestos; y hay también fidelidades informales, generalmente inconscientes, hasta tal punto que nadie es capaz de verbalizarlas, aunque todo el mundo las conozca.
    No me extraña que la Fundación pagara ese “peaje”, del que se habla en la descripción, al irrumpir en la escena descrita, sobre todo porque dicha escena era electoral y porque la Fundación contaba con recursos suficientes como para negociar formal y libremente con cualquier agente local, pudiendo eludir toda contraprestación informal con cualquier institución local. Quizás la incomprensión puede asimilarse a un desconcierto generalizado al actuar bajo una lógica ajena a la instaurada y centrarse exclusivamente en los intereses locales generales. Al final, sin duda, desde el territorio muchos debieron descubrir otras formas de interacción diferentes a las conocidas, lo que queda patente cuando el autor afirma que “los entes locales reconocieron instintivamente el valor de la nueva organización”.

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