De vuelta a casa.

Creí que no volvería tan pronto, pero aquí estoy. Después de unas vacaciones estupendas en Canadá, donde fui con mi catéter puesto, ya que fue imposible  quitármelo antes,por razones técnico-hospitalarias, las vacaciones del personal, quiero decir. El caso es que, sin exagerar, aparecí en el hospital, con el jet lag, para sufrir una pequeña y ultima intervención en la que me retiraron el infusor que había servido de puerta de entrada a esos productos que curan matando.

En una circunstancia tan coyuntural tuve dos encuentros que me afectaron; el primero con un mujer a la que conocí en mi primera sesión. Nos hablamos, entonces, con una mirada y una ligera sonrisa de reconocimiento y no habíamos vuelto a coincidir. Eufórico yo, intenté hacerme visible y contarle; compartir el final de esta etapa suponiendo que para ella todo, también, había terminado satisfactoriamente.  Pero resbaló su mirada sobre mi y siguió ausente. Su gesto de preocupación y su marido explicando sereno no se que cosas, con una serie de papeles que leían a medias me hizo suponer que existían complicaciones adicionales. En la distancia pude percibir su color un tanto macilento y la mirada con un sombra de preocupación que no engaña. Ojalá me equivoque.

Además de ese encuentro tuve una fugaz percepción al cruzarme con otra persona; los dos ausentes, el más que yo, los dos cabizbajos y en lo nuestro creí reconocer a Antonio mi primer compañero de habitación, también con cáncer de colon con un pronostico más complicado. Está esperando un intervención en la que le harán un tratamiento de quimio local en el propio intestino. Lo sé porque mantiene un cierto contacto con Fátima. Cuando le reconocí intenté desvaídamente encontrarle, pero en un instante había desaparecido en el pequeño vericueto de pasillos de la sección de radiología de la Concha. Y creo que me alegré de no tener que explicarle que lo mio iba bien…

En fin, que he vuelto.

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