Historia. Capítulo II: Presentación

Al día siguiente fui presentado en sociedad. Cómo se trataba de un puesto institucional, los introductores formales fueron el Delegado del Gobierno en la comunidad autónoma y el Subdelegado del Gobierno en León. Sin embargo, el acto se realizó en un hotel de Ponferrada y no en una institución oficial. Entre los invitados, los políticos locales y comarcales del PSOE y por supuesto los medios de comunicación necesarios para dar publicidad al evento. No había presencia de los representantes de la Junta de Castilla y León o la Diputación provincial, que según supe después, no habían sido invitados.

Había expectación, porque mi nombramiento, demorado varios meses, venía a desmentir un rumor persistente; todos “sabían” que el puesto de director de Ciuden estaba reservado para el marido de una diputada socialista, que, por cierto, asistía al acto con la mejor de las disposiciones. Mi llegada rompía el pronóstico y de paso cuestionaba también otras predicciones extendidas sobre que el personal de la organización estaría plagado de afiliados del PSOE o más aún, que la iniciativa era una maniobra electoral, que se desharía, como una pompa de jabón, después de las elecciones. Y ya se sabe que los rumores, aún los inverosímiles, tienen la capacidad de construir la realidad. En fin, que tanto comentario, casual o interesado, estaba deteriorando el valor político de la iniciativa y mi nombramiento, con su puesta de largo, pretendía salir al paso y marcar un punto de inflexión.

Yo, aunque no imaginaba el alcance del “show”, previsoramente, me había leído los estatutos de la fundación y la documentación generada por los precursores del proyecto. Y con esos mimbres pude realizar una presentación técnica, cogida con los alfileres de las primeras lecturas e interpretaciones personales. Después de casi media hora de exposición respondí a todas las preguntas de los medios, en lo que fue una verdadera rueda de prensa que, seguramente, no aclaró demasiado. Pero, la audiencia parecía bien dispuesta y los medios de comunicación abiertos al ánimo positivo general que se respiraba. Parecía que el maná del gobierno llegaba a una tierra dura y olvidada por Valladolid, de la mano en un proyecto innovador y con futuro y eso era motivo suficiente para festejarlo. Tiempo habría para aguar la fiesta.

Hubiera debido llamarme la atención, la escenografía, más propia de un acto de partido que de una presentación institucional. Y también, seguramente, que un periodista, en su primera intervención me preguntara si yo pensaba que la fundación podía crear siete mil quinientos puestos de trabajo. Como si fuese una factoría japonesa de coches, le respondí; y aunque, en realidad, no pude captar el sentido de la pregunta, razoné, como pude, para negar tal posibilidad e improvisar especulativamente que iríamos a una cifra más próxima a los trecientos.

No me alertó, entonces, la teatralidad de la puesta en escena, ni el absurdo de la pregunta del periodista que, después pude constatar, era conocedor y marrullero. Ni tampoco que el presidente del Gobierno me saludase telefónicamente después del acto, en una conversación intermediada por Angélica Rubio, persona de su confianza y delegada “real” del Gobierno en el Bierzo, que fue quien me entrevistó y aprobó mi contratación. Nada me alertó, porque todo sucedía según unos propósitos y un orden establecido por otros, y yo, como los novios en las bodas, tenía bastante con atender a mi propia actuación. Mi aspiración se centraba en desempeñar bien un papel que descubría sobre la marcha y creo que cumplí, a juzgar por los ánimos y buenas palabras con las que me obsequiaron.

La pregunta, supe más adelante, encerraba una pequeña trampa, cuyo significado conocían sobradamente los asistentes; todos excepto yo, seguramente, porque nadie consideró importante trasladarme aquella historia de la política local. Así que manejé la pregunta sin entender su contexto y aunque, aparentemente, salí del paso razonando sobre lo que era razonable, cometí, realmente, mi primer error. Esa reducción brutal de siete mil quinientos mágicos puestos de trabajo a unos pocos cientos, racionales y terráqueos, que marqué como objetivo, quedó convenientemente anotada y me pasaría factura poco después.

Volví la semana siguiente, ya para quedarme, buscar casa e incorporarme a mi nuevo destino. Bajo el brazo, un contrato de trabajo firmado por la presidenta del patronato de la fundación, la Ministra de Ciencia e Investigación, que nadie había dado de alta en la agencia de empleo. Claro que eso tenía que hacerlo la fundación y la fundación era yo.

Me sentía mejor tras una decisión difícil. Después de casi once años en el Consejo de Seguridad Nuclear, como consejero y vicepresidente, hubiera podido optar por un periodo de inactividad retribuida. El hecho de que mi puesto estuviera sometido al régimen de incompatibilidades me permitía colocarme en un “limbo” laboral. Pero no quise salir del sistema porque no quería asumir ese riesgo; algunos amigos me decían: no te vayas; Rafa Simancas, (candidato entonces del PSOE a la presidencia de la comunidad de Madrid), va a ganar las próximas elecciones y necesitará personas para formar el gobierno. No serás consejero, pero sí muy probablemente director general. No atendí aquel argumento, que parecía sólido, y si en cambio la aventura de poner en marcha una fundación pública. Tal vez fue aquello de pájaro en mano…. Y visto a posteriori, acerté. Al compañero Simancas le birlaron la presidencia de la comunidad en un juego de trileros y la experiencia del Bierzo resultaría ser mucho mejor de lo que “a priori”, cualquiera hubiera podido aventurar.

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