Historia. Capítulo X. El contexto social

En este repaso, un tanto prolijo, de los factores de entorno que acompañaron la creación de la Fundación tengo que introducir aún varios actores. Revisando los que todavía están en el tintero pienso que tal vez su orden de aparición hubiera podido ser más sistemático, pero no me importa; de algún modo, he subordinado la formalidad de la exposición al universo de las reflexiones personales, construidas, además, con el filtro del tiempo transcurrido. A cambio de esta pérdida de orden formal y de nitidez espero poder reconstruir la historia de Ciuden y de sus vicisitudes, como se fabrica un collar de cuentas. Aisladamente, ninguna de ellas es suficiente y sin embargo el conjunto trasmite una visión, unas ideas y unos sentimientos. Aceptando, además, que la historia tal como la cuento no deja de ser una reconstrucción de lo que viví y que lo que yo viví es solo una parte de lo que realmente pasó. Por eso, agradezco los comentarios que aportan visiones diferentes de esta historia, que en resumidas cuentas fue protagonizada por muchos. La historia de la creación, funcionamiento y liquidación de Ciuden es, como casi todas, una historia coral y poliédrica, y sería fantástico que pudiera ser relatada de este modo.

En este desfile de actores invitados, hoy quería llevar mis recuerdos a “La Comarca”, más allá de las empresas, sindicatos, partidos políticos, asociaciones instituciones, etc.., que, por supuesto, forman parte de ella. El Bierzo es una sociedad compleja que tiene un sustrato cultural formado por varias capas; la más evidente corresponde a la de una sociedad industrial del siglo XX, de industrias duras: extracción de pizarra y carbón, generación eléctrica e industria auxiliar. Esta capa tiene sus propios actores, estructuras, formas de relación y además llena el paisaje con multitud de vestigios que testimonian su historia. Pero no es la única; existe otra, más profunda, que corresponde a una sociedad rural, que entiende la propiedad de la tierra y la gestión de los recursos de forma tradicional. Como en otras comarcas mineras estos universos coexisten en una mezcla de visiones y valores que no está exenta de contradicciones. Por una parte las actividades extractivas han sido la fuente principal de riqueza de la comarca durante varias décadas, aunque al mismo tiempo constituyesen la causa de un intenso y extenso deterioro ambiental que es aceptado y lamentado con igual intensidad.

Se trata además de una comarca en el sentido administrativo del término; un estatus que fue concedido por el gobierno del Presidente Aznar, dando respuesta a una vocación secular de El Bierzo de existir como territorio con personalidad propia. Esta expresión de autoafirmación que defienden todos los partidos, con la sola excepción del PP, que paradójicamente fue su creador, permite al territorio mantener una actitud reivindicativa en relación con León, capital provincial y el gobierno de la autonomía castellano leonesa. Ni que decir tiene que Valladolid queda muy lejos de El Bierzo, hasta el punto de que los bercianos que no sienten demasiado apego por León son completamente ajenos a eso que los de la meseta llamamos Castilla.

Administrativamente, El Bierzo es un territorio muy estructurado en el que coexisten muchas entidades y órganos con funciones ejecutivas y de coordinación: Juntas vecinales, Ayuntamientos, Mancomunidades, Consejo Comarcal, Diputación provincial, Confederación Hidrográfica ahora del Miño Sil, y el gobierno de la autonomía con su delegación. Otra cosa es que ese entramando fuese, al menos cuando yo lo conocí, eficiente o incluso eficaz; constituía un sistema a través del cual se gestionaban intereses muy diversos, casi nunca evidentes y no siempre compatibles y cuya gestión estaba en manos de personas con doble o triple filiación: la administrativa, la política y la personal; y la gestión era el resultado de una conciliación interminable de los intereses de todas las filiaciones todos los agentes que intervenían en cualquier asunto. Muchos procesos de gestión se prolongaban hasta encontrar el necesario equilibrio de intereses sin que el tiempo desperdiciado para conseguirlo fuera importante y otros, directamente, iban al limbo de los asuntos por resolver si cualquiera de los agentes no encontraba la satisfacción adecuada.

Para Ciuden, esa comarca, que lo es más por vocación que por competencias y capacidad operativa, era el sustrato de su actividad. Un sustrato establecido en los propios estatutos de la organización con una intensidad y una extensión que no dejaban lugar a duda alguna, aunque apareciera como algo extraño a los ojos de sus habitantes y de todas las instituciones que con sus existencia creaban el esqueleto institucional de la comarca.

Para la sociedad local, la creación de Ciuden fue un proceso confuso; confusión generada en buena parte por las alternativas y retrasos de la actuación del gobierno. Primero se presentó en sus vidas el Ciemat, como encargado de materializar un centro de tecnologías limpias del carbón; después se creó una fundación con objetivos muy diversos; y en medio, el transcurrir de muchos meses llenos de declaraciones de responsables políticos e institucionales que periódicamente aparecían por Ponferrada, pero que con explicaciones tan lejanas como la propia fundación solo contribuían a aumentar la confusión general.

En el entreacto surgieron, como es lógico toda clase de rumores y comentarios que fueron atribuyendo al Ciemat /Ciuden una clara vinculación con el PSOE, enchufismo en la contratación de personal y en general una tendenciosa percepción de que Ciuden era un invento del PSOE creado por y para beneficio principal de sus dirigentes y allegados. La reacción de la ciudadanía osciló entre la aceptación y el rechazo, dependiendo en buena medida de la adscripción o las simpatías ideológicas; pero en todo caso, las expectativas, positivas o negativas, se envolvían en el factor común del desconocimiento real de lo que era y lo que podía significar la fundación; de cuales eran sus objetivos y su potencial real para la comarca. Alimentados por el retraso y las contradicciones, los rumores habían ganado la batalla y la organización se asentó sobre las arenas movedizas de los “dichos”, que se propagaban con mucha mas velocidad que los hechos.

Resumiendo, podría decirse que Ciuden aterrizó en un territorio que no entendía su necesidad o su significado y que fue aceptada más como un don que como una solución a sus problemas; casi como una distinción del Gobierno a un territorio cercano ideológicamente, marcado por el declive económico y como contrapunto al desinterés del gobierno autónomo. Pero sin entender bien la naturaleza del regalo, ni su utilidad, la ciudadanía asistió entre la expectación y el escepticismo a una dialéctica publica entre partidarios y detractores.

En cuanto a las instituciones, la fundación supuso la aparición de un nuevo agente en el universo preexistente. Presentada de la mano del gobierno se interpretaba como una iniciativa política ambiciosa pero cuya orientación y alcance estaba por demostrar; en esencia, los agentes sociales estaban también inmersos en el desconocimiento general aunque su posición les proporcionaba la oportunidad de relacionarse con una institución que aparecía con recursos económicos importantes y la vocación de contribuir al desarrollo local. El carácter de fundación pública era una buena tarjeta de visita, porque ya se sabe que este tipo de organizaciones no tienen ánimo de lucro y su actividad debe generar un beneficio social. Y al fin y al cabo, los agentes sociales, intérpretes materiales de esa sociedad, bien podían ser los beneficiarios naturales.

Respecto a las reglas de juego, en la relación con Ciuden se aplicaban las preexistentes. No había razones para suponer que la aparición de la fundación introdujera ningún cambio, sobre todo porque los protagonistas de la iniciativa (PSOE, responsables políticos e institucionales) formaban parte del sistema. Así que nadie podía imaginar que Ciuden pretendiese generar un marco autónomo de actuación y menos aún que fuese a establecer premisas diferentes para manejar las relaciones con los agentes sociales.

Esta vocación de autonomía fue el germen de todos los problemas que Ciuden tuvo que enfrentar en el plano institucional; por un lado para impedir que sus actuaciones lo fueran al dictado; singularmente de algunos responsables del PSOE y del gobierno que, supongo yo, consideraban que al estar la fundación en su dominio natural de acción política debía estar sometida a sus directrices o, al menos, influida por sus valoraciones. O de responsables de otras instituciones, como el ayuntamiento de Ponferrada, que también vio en la fundación un instrumento adecuado para cumplir sus propios objetivos.

Por otra parte teníamos que sustituir la lógica imperante en las relaciones territoriales, basada en el poder y la autoridad de los actores por otra que tuviese en cuenta la finalidad y la racionalidad de las actuaciones; se trataba de sustituir el modelo de “subvención cuasi dirigida” anclado culturalmente en la filosofía de las aportaciones del Estado a fondo perdido por una visión de trabajo conjunto, una definición coordinada de los proyectos y una asunción compartida de responsabilidades. No era un modelo en sintonía con las formulas existentes y al principio generó algunos problemas, pero tengo que decir que, gradualmente, sus ventajas fueron siendo percibidas con mayor claridad. Aparecieron nuevos agentes, con nuevas ideas y el espectro de interlocutores se amplió; se generó una mayor transparencia y seguridad en la relación y finalmente en los colectivos empresariales y sociales prendió la idea de que con Ciuden se podían establecer colaboraciones de trabajo fiables que no estaban sometidas a las reglas de juego tradicionales.

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