Historia. Capítulo VI:Las relaciones con los agentes institucionales y sociales

Aquella etapa inicial propició muchos contactos con los agentes institucionales y sociales. El PP se retrajo enseguida y colocó a Ciuden en la lista de adversarios, mientras que los empresarios, cautos, esperaron a que cesase el fragor electoral. Supongo yo que querían entender cómo la nueva organización podía afectar a la distribución de fuerzas existentes en un escenario político que ellos anticipaban de continuidad con un Partido Popular que dominaba casi todas las esferas importantes, y sobre todo el gobierno de la Diputación provincial y la Junta de Castilla León.

Entre la panoplia de agentes, de fondo estaba precisamente la Junta de Castilla León. Digo de fondo porque su importancia radicaba en ser la autoridad última de gobierno del territorio berciano y también el financiador de su autonomía política, aunque sin tener una gestión directa de la comarca. Su presidente, Sr Herrera, todavía hoy en ejercicio, en buenas relaciones con el presidente del Gobierno, conocía la iniciativa Ciuden y, en mi opinión, había tragado con desgana algo que se presentó como tecnológico y sectorial cuando en realidad se trataba de un órgano de desarrollo territorial. Y supongo que si existía para ellos alguna duda sobre el carácter de la nueva institución, la firma de algunos convenios con ayuntamientos socialistas, y el discurso del PSOE, remachando que solo el Gobierno de la nación se interesaba por el Bierzo, les hizo concluir que se trataba de una actuación con una fuerte carga política. Y naturalmente tocaron a rebato y además de las salvas que nos dedicaron en los mítines electorales, el órgano de gobierno del PP en la comarca reunió a todos sus cargos institucionales y les instó a que no tuvieran relaciones con la fundación. Para completar la excomunión, en un programa de radio el entonces delegado territorial de la Junta amenazó públicamente, y así quedó recogido en los medios de comunicación, con que los ayuntamientos que tuvieran relaciones con la fundación quedarían excluidos del régimen de ayudas de la comunidad autónoma. En fin, que se lo tomaron en serio y realizaron toda una declaración de guerra.

No es que Ciuden como organización les preocupara especialmente. Creo yo que no era eso. Como expertos en la gestión territorial y conocedores de las limitaciones que impone la maquinaria administrativa, supongo que pensaron que serían necesarios muchos años para que una organización recién creada pudiera presentar algún resultado aceptable. ( En esto se equivocaron). Lo difícilmente asumible para ellos es que se trataba de una decisión unilateral del Gobierno de España que, con algunas artimañas, les había marcado un gol. La Junta, por ejemplo, no estaba en el Patronato de la Fundación y no por casualidad. Y en cuanto a los objetivos, superaban ampliamente los de un programa sectorial. Así que tragaron saliva, miraron hacia otra parte y se dedicaron a esperar. En su sabiduría, sabían que Ciuden era una iniciativa de riesgo con muchas probabilidades de pasar de largo después de una efervescencia inicial; y que seguramente ellos podrían hacer algo para ayudar a que fuera así. Hay que decir que fueron coherentes con esa posición durante los años en los que yo dirigí la organización; y después también. Cuando cinco años después el gobierno conservador del Sr. Rajoy decidió la extinción de Ciuden a instancias de los cargos autonómicos del PP, incluida la presidencia de la Diputación, la Junta se mantuvo al margen. No participó en su momento en la iniciativa, ni era asunto de su interés su posible continuidad. Si lo conseguido tenía o no valor, no era un elemento a tener en cuenta. Simplemente aquello no era suyo.

La Diputación también estaba ahí, más cercana al mundo local y más celosa también de su papel. Tenía, como todas las diputaciones, un rol preponderante por sus competencias y además, al menos en este caso, por el activismo político que impregnaba su gestión. Entonces, la presidencia de la Diputación y la presidencia provincial del partido, el PP, recaían en la misma persona. Y, en mi opinión, esa concentración de poder político e institucional, que implicaba además la disposición de los recursos económicos, acentuaba una actuación discrecional que rayaba en lo arbitrario. Y eso afectaba por supuesto a los adversarios, es decir, a los alcaldes de otros partidos, que a duras penas conseguían incluirse en los programas provinciales de mejora. Pero también a los suyos; las disidencias eran castigadas duramente y qué mejor manera de hacerlo que la de incluir o excluir en tal o cual programa de acción a un ayuntamiento pequeño sin recursos ni capacidad técnica propia.

Al principio las relaciones con esas instituciones eran inexistentes. Las relaciones reales eran las inmediatas en la comarca, intermediadas frecuentemente por el PSOE. Los responsables comarcales del partido, especialmente su secretario general de entonces, Antonio Canedo, senador en Madrid, conocido del presidente del Gobierno y muy próximo a Angélica Rubio, quería ejercer una tutela sobre la fundación y sobre mí, a quien consideraban un recién llegado ajeno al territorio. Y en esta línea coordinó inicialmente buena parte de mi agenda para bailes tan diversos como visitar determinados ayuntamientos o comer con empresarios locales importantes que a los postres,  de forma paternalista, podían regalarte un décimo de lotería con un ademán gentil mientras sonreían benévolamente y tu murmurabas un “gracias” entre desconcertado y escandalizado. En ese contexto introductorio asistí también a alguna merienda de bodega y jamón y conocí personas que entre comentarios y amabilidades esbozaban la oportunidad de tal o cual recibimiento o gestión o realizaban las primeras propuestas y, cómo no, algunas recomendaciones. Pero todo tenía un aire preliminar y creo que se trataba más de dibujar el contorno del director de la fundación que de comprometer actuaciones reales.

Sobre estos extremos tengo anécdotas, claro está; una frecuente, sobre lo claro que tenían nuestros interlocutores que Ciuden era una fundación pública y por tanto, en sus propias palabras, sin ánimo de lucro; un agente financiador que no necesitaba obtener un beneficio a cambio. La constatación de que no era así, producía perplejidad y hasta alguna queja que, en ocasiones, llegó a formularse ante mis mayores. Al fin de al cabo, todos eran amigos del presidente del Gobierno, leonés como ellos y tenían contactos y relaciones con todos los cargos del PSOE. Otra muy concreta de un empresario local importante. Creíamos, me dijo, que Zapatero creó Ciuden para repartir un poco de dinero en el Bierzo; y al notar mi gesto, añadió con premura: pero ya nos hemos dado cuenta de que no es así.

En aquel conjunto peculiar y diverso descubrí dos universos singulares y específicos, que tendrían mucha importancia en la vida de la organización y me acompañarían siempre: Los alcaldes de los ayuntamientos y los medios de comunicación.

Alcaldes

De los alcaldes todo lo que tengo que decir es bueno, aunque no todos lo fueran; pero en mi relación con ellos aprendí que más allá de su impronta personalista, en algunos casos excesiva, todos sin excepción tenían el propósito de conseguir a toda costa la supervivencia y mejora de sus municipios. Se que sin ellos la comarca no existiría y muchas poblaciones hubieran desaparecido. A mí me impresionó tanto la escasez de recursos y apoyos técnicos con los que tenían que desenvolverse como como su entusiasmo y el arsenal de iniciativas, coherentes o no tanto, que tenían en cartera, listas para ser presentadas ante tal o cual institución.

Hay que saber que en el Bierzo la mayoría de los ayuntamientos tienen una población inferior a mil habitantes. Se trata de municipios pequeños, integrados por un núcleo principal y varias pedanías cuasi desiertas que solo en verano recuperan la población que emigró y que conserva sus raíces mejorando sus casas. Esta población flotante, mucha de la cual sigue votando en su ayuntamiento y tiene capacidad para decidir quién será el próximo alcalde, demanda un mantenimiento de las estructuras y servicios públicos difícilmente compatible con los ingresos de las arcas municipales.

Los alcaldes, con una personalidad individual tremendamente diferente, eran sin duda verdaderos factotum. Manejaban con soltura las leyes de la supervivencia y eran capaces de aplicarlas dentro del marco de la gestión administrativa formal, lo que constituye un ejercicio de habilidad formidable.

Si hubiera un capítulo de peros yo diría que, en algunos casos, entre la dedicación a su ayuntamiento y la salvaguarda de los propios intereses podía haber una frontera difusa. Y también que algunas figuras hacían gala de una gran flexibilidad ideológica. Yo conocí alguno que detentaba la alcaldía por el PP después de haberlo hecho por otros dos partidos distintos en elecciones anteriores. Y es que en sus compromisos políticos estaban siempre atentos a ocupar otros cargos comarcales que podían reforzar su posición política y complementar sus ingresos.

Lo que más me impactó, en realidad, fue su soledad. Entonces, al menos, gestionaban los ayuntamientos con la sola compañía del secretario y unos concejales relativamente desdibujados. Su administración más cercana, el Consejo Comarcal, no tenía capacidad de acción y el acceso a la Diputación Provincial era complicado porque, al margen de los proyectos oficiales, lo que pudiera conseguirse dependía de la habilidad y posicionamiento del alcalde en aquella red de relaciones.

A lo mejor a mí me gustaron, desde el principio, porque a ellos les gustó la organización. Lo suyo se explica con facilidad. En su constante ejercicio de supervivencia tiraban de todo y la fundación era claramente un sitio de dónde tirar. Ciuden estaba allí en la comarca, su portafolio de proyectos no era menos ambicioso que los suyos y se personaba en los ayuntamientos con respeto y comprometía actuaciones. Creo que la relación entre el territorio y la fundación funcionó bien desde casi el comienzo; hubo discrepancias, claro, pero los entes locales reconocieron instintivamente el valor de la nueva organización y la fundación decidió que el territorio era parte esencial de su acción. Esa relación proporcionó a la fundación la mayor y mejor fuente de legitimidad para sus actividades y le dio su razón de ser. Y, a la postre, sería también una de las causas de su final, ya que su existencia no pudo ser entendida ni aceptada por los responsables provinciales del PP y cuando este partido ganó las elecciones generales de 2012, en lugar de reconvertirla, con cierta saña y afán de revancha solicitaron rápidamente su desaparición.

1 Comment on Historia. Capítulo VI:Las relaciones con los agentes institucionales y sociales

  1. El complejo mundo de las relaciones

    La etnografía sobre este caso de micropolítica local avanza mucho en este capítulo y entran nuevos actores y nuevas actitudes en la escena. Se va aclarando poco a poco ese universo de comportamientos que al autor le parecía entonces enigmático y casi incomprensible. Se aborda por fin el residual sustrato cultural existente en las organizaciones formales con capacidad de decisión política y con poder en muchos lugares de la geografía española, según la cual no está clara ni es permanente la separación entre lo público y lo privado.
    Centrándonos en la descripción de los hechos nos preguntamos en primer lugar cuál es el papel de los vínculos personales y la medida en que la pertenencia a una red familiar o de clase pervive por debajo de toda institución por muy democrática que sea. Tras leer el capítulo me parece que es un papel determinante de toda decisión, de todo planteamiento, de toda definición de cada situación, de toda inversión. Mi pregunta es la siguiente: ¿es posible que la lógica que debe presidir toda decisión desde un papel institucional sea fingida? Ya que se sabe que las creencias subjetivas parten de una idea según la cual los vínculos residen en los compromisos adquiridos en las relaciones informales, organizadas tradicionalmente en la sociedad y, por tanto, anteriores en el tiempo a la legitimidad que otorga en el presente una elección democrática.

    ¿Está siempre supeditada la razón instrumental del momento a compromisos adquiridos y no explicitados? Parece que si. Pero si aceptamos esta hipótesis, los individuos, sus proyectos y sus decisiones habrán de ser considerados como atrapados en obligaciones, deberes anteriores en el tiempo, incluso contrarios a sus propios intereses del momento, a sus posiciones ideológicas del presente, a su libertad como individuos. La etnografía de este capítulo lleva a pensar que no tienen un abanico demasiado amplio de elección, aunque lo parezca. En el ámbito de la libertad individual da la sensación de que, en ciertos universos sociopolíticos de nuestro país, “todo el pescado está vendido”desde que uno adquiere algún tipo de responsabilidad en la vida social y política. Quien te da la credencial para actuar, espera la recepción de una dádiva en otro lugar, en otro tiempo, en otro lenguaje. Probablemente el proteccionismo desde el universo familiar exige como respuesta una adscripción a los intereses grupales a los que uno siempre estuvo afiliado. Parece como si la política no fuese más que una escenificación teatral de algo que ya está negociado con anterioridad y que la afiliación a un partido político fuese compatible, por definición, con las obligaciones exigidas por redes familiares, camarillas o intereses ajenos a la lógica de estas nuevas organizaciones democráticas advenedizas, para los ciudadanos de nuestro país, como son los partidos políticos.

    Es obvio que algunos no debieron entender qué era pertenecer a una ideología política o militar en un partido político más que como un revestimiento meramente formal y que la llegada de un colega ideológico, con financiación y sin demandar nada a cambio, resultase desconcertante. Y digo más, resultase todo un embate en sí mismo al sistema consolidado históricamente de redes informales mediante las cuales se suelen canalizar habitualmente las influencias e incluso los repartos de beneficios de todo tipo. Estructuras que definen lapsos temporales que marcan periodos, en donde rigen ciertas reglas, que se negocian cada poco con el objeto de renovar alianzas que quedan suspendidas en el momento en el que se consiguen los fines perseguidos, o que se desplazan de unos contextos de vida (negocios, administrativos, de confluencia política, etc.) a otros diferentes. Todo está imbricado en esta lógica de una forma holística. Todo repercute en todo. Me puedo imaginar la sorpresa causada en el universo social observado, en este capítulo y en el anterior, ante la llegada de un “extraño” con capacidad de modificar el entorno, sin contar con el sistema establecido, y de poderlo hacer libremente gracias a recursos económicos exteriores al lugar. Y sobre todo, la afrenta que supone que el recién llegado no asuma en sus formas de hacer las reglas pactadas en el territorio y ni siquiera responda, al menos, a los típicos estímulos sutiles que indican alguna disposición para encontrarse en algún territorio neutral y debatir la posición que cada cual está en condiciones de ocupar en la nueva red. Estos guiños suelen ser los que se realizan desde las bodegas, el jamoncito, los boletos de lotería y otras cosas que todos conocemos…

    Se comprende que desde el sistema consolidado de funcionamiento esta intromisión del forastero se percibiera como un ataque a la línea de flotación del sistema. De hecho la posición de la Fundación cuestionaba toda la lógica de relaciones informales consolidada a pesar de que estuviese revestida de un traje nuevo (los partidos políticos creados en la democracia). Por implantar un tipo de transacción en la que uno da y el otro no devuelve nada, ni ahora ni en otro momento, ni lo hace en otra especie, dinámica que no es creíble desde una lógica tradicional como la descrita. Porque desestructura el sistema de obligaciones y débitos. Digamos que rompe el equilibrio y la contabilidad de toda interacción política. La novedad propuesta por el extraño, crea desconcierto y caos, desde el punto de vista del propio sistema instaurado, siempre confortable para los que detentan los puestos de poder; un sistema que es el único desde el cual permite pensar y comprender los propios orígenes, trayectoria y sentido en el tiempo de la sociedad local. En este tipo de espacios complejos, lugares sometidos a transformaciones y a procesos rápidos de modernización como el descrito, y de los que existen muchos en España, la lógica privativa, cuyo referente es “los nuestros”, manifiesta su resistencia a ceder el espacio necesario a la lógica del bien común, cuyo referente es “lo de todos”, pero de esto, por lo que veo, probablemente hablaremos en otra ocasión.
    Sólo el pavor a que desde algún espacio sociopolítico se cuestionase este funcionamiento y lenguaje explica la contundente respuesta relatada por el autor: “los ayuntamientos que tuvieran relaciones con la fundación quedarían excluidos del régimen de ayudas de la comunidad autónoma”. Un dictado que supone el establecimiento de un doble vínculo, un universo escindido y esquizoide similar al creado en los niños cuando se les pregunta ante sus progenitores: “¿a quién quieres más a papá o a mamá?”. Y todo ello porque la Fundación no exigía a dichos ayuntamientos, ni a ninguna otra instancia, contraprestación alguna. Al margen de la acción racional material (inversiones en desarrollo de un territorio), la acción de la Fundación aparece bajo una reflexión como desestructuradora de lenguajes relacionales arraigados, de estructuras simbólicas, de idiosincrasias, de un status quo solidificado, de unas jerarquías nítidamente implantadas en el imaginario colectivo de un territorio, de las “habilidades y posicionamientos” (palabras del autor” interesados de cada cual y abría la puerta a un nuevo concepto de libertad individual y de imaginación.

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