Jubilación e identidad social

La jubilación produce una perdida de la identidad social y con mucha frecuencia de la autoestima personal.

Tengo un buen amigo, antropólogo y profesor universitario que ha pasado ya la linea de la jubilación que yo estoy cruzando en este momento. Como el tema nos interesa a los dos, hemos hablado mucho sobre las implicaciones de jubilarse; de como un hecho que, en principio, está restringido al terreno laboral tiene la virtualidad de alterar muchas otras dimensiones de nuestra existencia. Mi amigo, lúcido y observador me ayudó a subrayar una característica que me parece tremenda: la pérdida  de identidad que se produce tanto en el plano personal como en el social. Llevamos “toda la vida” siendo nuestro cargo y en nuestras tarjetas de visita resaltamos lo que hacemos, para que los demás puedan deducir quienes somos y como manifestación de nuestra posición social. Incluso, el nombre y los apellidos, que aparecen en ella de forma preeminente, son solo como nos llamamos. Quiero decir que ninguna de la información que damos a los demás está relacionada verdaderamente con quienes somos. Eso parece que importa menos o que es  más difícil de recoger en el escueto espacio de la pequeña cartulina. Pero resulta, que al jubilarnos se nos caen los cargos de la tarjeta; y con ellos se va una buena parte de nuestra identidad personal y social. Algunos tienden a mantener el pasado con presentaciones precedidas por un “ex” o relatando en seguida los cargos más importantes que desempeñaron en su vida profesional. Formas de rellenar la tarjeta de visita que  con solo el nombre y los apellidos se queda demasiado vacía.

1 Comment on Jubilación e identidad social

  1. Así lo veo yo también. Es un rito de paso a ninguna parte. ¡Aparentemente!. Depende del proyecto que uno tenga de vida (si se ha preocupado de idearlo o arroparlo en secreto) y si realmente está en condiciones y disposición de hacerlo, o si uno añora el que le hicieron (a veces desde pequeñito), en forma de pack vital, con todo incluido y con un regalo extra. A veces, incluso el que estaba ahí antes de que uno naciera, esperándote, como el color azul si eres niño y el rosa si eres niña. La paradoja que organiza nuestra existencia hace que esa identidad acumulada, de la que, ciertamente, no queda ni rastro en la mirada de los otros tras la jubilación, se convierta en el caldo de cultivo ideal para que florezca aquello que nadie, en toda la vida, supo mirar, nadie supo descubrir de uno mismo: y ahora se cuela a la realidad, subrepticiamente a veces, y proyecta nuevos colores en todas las direcciones del camino que queda.

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